martes, 6 de junio de 2017

Una fe que está viva, termómetro de la fe

Una fe que está viva, termómetro de la fe
CEO

Para muchos la frase “en algo hay que creer” es una expresión que se repite frecuentemente y que, a pesar de ser tan imprecisa y descolorida, encierra una gran verdad. Todo ser humano cree de hecho en algo, en el sentido de que tiene su confianza puesta en ese algo que le da orientación y sentido. Incluso los que no creen, esto es, los que carecen de fe religiosa, son a su manera creyentes, creen en “algo”, creen (y son frases que posiblemente todos hemos oído alguna vez) en la libertad, en la justicia, en el progreso o en la ciencia. Porque, de hecho, en la vida humana, es imposible traducirlo todo a evidencias inmediatas y hay que dejar siempre un espacio a la confianza en ese “algo” que no es objeto de certeza o experiencia directa, sino de deseo y de esperanza. Hasta los positivistas más acérrimos, que dicen confiar sólo en la ciencia positiva, hacen con ello profesión de una cierta fe, pues confían (sin evidencia) en que la ciencia irá desvelando en el futuro todos los misterios de la naturaleza.

La fe como confianza juega un papel fundamental en la vida humana, porque es ella la que orienta nuestras opciones prácticas, la selección de nuestros valores y, en consecuencia, nuestra acción.

Un viejo profesor soviético, que hablaba de la dialéctica de la materia (con la que resolvía todo tipo de problemas filosóficos) con la unción de un verdadero creyente (cabe decir que jamás aportó ni una sola prueba científica al objeto de su fe, que él tenía por ciencia). Y recientemente hemos visto cómo uno de los representantes más activos del ateísmo contemporáneo, Richard Dawkins, negador de todo sentido y de todo valor que trascienda los límites de la biología, ha iniciado una verdadera cruzada contra la religión y contra todas sus expresiones, pues aunque niega que existan el bien y el mal, considera muy malo que haya quienes defienden lo contrario y, al parecer, muy bueno dedicarse a combatirlos. Es decir, también estos descreídos militantes acaban creyendo “en algo”. Sin esa mínima fe no podrían actuar en ningún sentido, ni movilizarse en favor o en contra de nada.

Y es que la fe tiene un sentido humano que es inevitable. La fe es ante todo, confianza.

La confianza es la base de las relaciones humanas, de la amistad, hasta de la economía, no digamos ya del amor. Quien vive en la desconfianza sistemática es incapaz de abrirse a nada ni a nadie y está cerrado a una relación personal auténtica, lo que es, y así lo enseña la experiencia, fuente de sufrimientos indecibles.

Por otro lado, la fe como confianza no es, como suele decirse, una actitud ciega. Es verdad que la fe implica aceptar lo que no se ve directamente y, por ello, tiene inevitablemente un componente de riesgo, pero eso no significa que no exista absolutamente ningún modo de garantizar el objeto de la fe. En las relaciones humanas hay todo un sistema de signos (comportamientos, actitudes, expresiones) que nos dicen que tal persona o grupo o institución son o no “dignos de credibilidad”, por lo que es razonable o no depositar en ellos nuestra confianza. El que otorga su confianza de manera completamente ciega es que es un crédulo, y el mismo uso del lenguaje nos indica que no es lo mismo la credulidad que la fe.

Pues bien, también en el ámbito religioso no cualquier fe, es decir, cualquier objeto de fe y cualquier modo de creencia, son igualmente aceptables. Para que la fe religiosa sea una virtud teologal debe dirigirse a un objeto verdaderamente existente; además debe dirigirse a una objeto que sea digno en sí mismo (y, por eso, digno de fe); finalmente, es preciso relacionarse dignamente con ese objeto digno de fe. Así, depositar la propia fe en objetos de superstición, como el horóscopo o la piedra filosofal que convierte cualquier cosa en oro, es caer en la credulidad ilusa en objetos inexistentes. Puede creerse en objetos reales, pero que no son dignos de una relación de fe: como quienes depositan su confianza en el diablo o, de manera más trillado, en algún embaucador religioso o político. Finalmente, es posible creer en algo existente y digno de fe, pero hacerlo de manera indigna, como en el caso citado por el apóstol Santiago (2, 19), que dice que los demonios creen en Dios y tiemblan, pues creen de manera indigna (no con alegría y confianza, sino con horror y repugnancia). Así pues, hablando de fe religiosa, “puede considerarse virtud sólo una fe en el Ser supremo, que se dirige a Él con dignidad, que significa con una libre piedad filial” (V. Soloviov, La justificación del Bien, cap. 5, IV ).

Los discípulos de Jesús tenían con él era una relación de fe. No eran sólo aprendices de una doctrina o de una cierta forma de vida, sino que estaban ligados al Maestro por una relación de profunda comunión vital, que implicaba reconocer y confesar en él al Mesías de Dios. Más allá de la evidencia de su realidad humana, sus palabras y sus hechos invitaban a una actitud fiducial: creer que en él se cumplían efectivamente las antiguas promesas contenidas en la ley y los profetas. Los discípulos habían sido testigos en numerosas ocasiones de cómo Jesús alababa la fe de aquellos que le pedían curación, liberación o perdón. Posiblemente sentían que la fe que profesaban por el Maestro se tambaleaba a veces, especialmente cuando experimentaban la enemistad y las amenazas que provenían de gentes dotadas de autoridad. Y es que, efectivamente, la fe se pone a prueba ante las dificultades de todo tipo que nos rodean.

Puede tratarse de la evidencia del mal en el mundo, que parece dominar y campar por sus respetos con insolencia; pueden ser dificultades personales y la impresión de que Dios no responde a nuestras peticiones; pueden ser dudas internas que nos asaltan a veces, porque, como hemos dicho, la fe tiene ciertamente un componente de riesgo, y las bases en que se apoya no son demostraciones axiomáticas o evidencias de laboratorio. Los discípulos sentían, por un lado, que Jesús exigía de ellos ante todo una respuesta de fe; por otro, experimentaban las flaquezas propias de la actitud de fe. De ahí que, con buen criterio, le piden a Jesús que aumente su fe. Una petición que también nosotros podemos hacer hoy. Porque, aunque frecuentemente hablamos de tener o no tener fe, ésta no es un mero objeto de posesión, sino una actitud viva, que puede padecer anemia o raquitismo si no se la alimenta adecuadamente, o crecer y robustecerse hasta dar frutos.

Jesús, de entrada, puede sorprender, más que concederles el don solicitado parece lanzarles un reto: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza…” Parece dar a entender que la fe no es cuestión de cantidad, sino de calidad. Lo importante es que esté viva, como una semilla, y entonces, por pequeña y débil que parezca, es capaz de obrar milagros y hacer cosas imposibles. La alusión al arbusto (planta de profundas y ramificadas raíces, difícil de arrancar) hay que entenderla en el sentido metafórico en que decimos nosotros que “la fe mueve montañas”. La fe viva, en efecto, nos pone en movimiento y nos permite realizar cosas que, de otra manera, se nos antojan imposibles.
Ahora bien, ¿qué significa realmente una “fe viva”? No se trata de un poder nuestro para hacer cosas extraordinarias, como si gracias a la fe nos convirtiéramos en una especie de taumaturgos capaces de sorprender a quien se nos ponga por delante. La fe de la que hablamos, la fe en Jesús, es la confianza en su palabra, la acogida de la misma y la disposición a ponerla en práctica.

Como realidad viva que es, a imagen de la semilla, requiere ser cultivada y, como dice Pablo, en 1 Co 6,11: reavivada. Ante las dificultades internas y externas, la fe probada se convierte en fidelidad: las últimas palabras de la profecía de Habacuc se traducen a veces de esta manera: “el justo vivirá por su fidelidad”. Y una fe que confía y es fiel es una fe que se enfrenta con valentía a las dificultades, que no se esconde, que da testimonio. El supremo ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús, que vive en la plena confianza en su Padre, y fiel a su misión, llega al extremo de entregar su propia vida.

Pero, en realidad, existe un profundo vínculo entre las dos enseñanzas. Si, como hemos dicho, la fe se alimenta de la palabra de Jesús escuchada, acogida y puesta en práctica, la alusión al servicio no es casual. La fe no es una confianza pasiva, sino que nos pone en pie y nos hace vivir activamente, actuar. Y, ¿cuál es el género de acción que, como fruto de la semilla, procede de la fe en Jesucristo? El que cree en Él debe vivir como vivió Él (cf. 1 Jn 2, 6). Si Él vino a servir y a entregar su vida en rescate por muchos (cf. Mt 20, 28), el discípulo de Jesús ha de ser un servidor de Dios y de sus hermanos. Si es un verdadero creyente, éste es el milagro que la fe opera en él: arrancarlo de las raíces del egoísmo y de la seguridad y plantarlo en el mar arriesgado del servicio a los demás. Vivir en actitud de entrega y servicio no es una dimensión sobreañadida a la fe, algo de lo que podamos enorgullecernos o por lo que debamos exigir un salario, sino la consecuencia natural de ese “vivir por la fe”, de ese espíritu de energía, amor y buen juicio; es el fruto de esa semilla de la fe que la palabra de Jesús ha plantado en nuestro interior.

Después del Concilio Vaticano II en pleno proceso de renovación eclesial había un dicho muy significativo sobre el papel y el sentido de la Iglesia en el mundo: “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Lo mismo podemos decir nosotros de nuestra fe: una fe que no nos pone en una actitud de servicio es una fe débil y floja, si no ya totalmente muerta. Pero también la inversa es verdadera: para fortalecer, reavivar y aumentar nuestra fe, además de pedírselo al Señor en la escucha de su palabra, hemos de ponernos enseguida al servicio de los hermanos.

Al escuchar las palabras del Papa Francisco: “El verdadero poder es el servicio” recordamos el Evangelio de San Mateo 25, 34-40:

“Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme.

Entonces le responderán los justos: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo fuiste un extraño y te hospedamos, o estuviste desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les responderá: Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron.”

Ante uno de los textos bíblicos esenciales del cristianismo, surgen algunas ideas de reflexión:

1° la fraternidad, la unión entre los seres humanos como hermanos, por el amor que tenemos a los demás, no sólo a los amigos, sino también a los enemigos. Asimismo, surge la preocupación por crear condiciones fraternales en el mundo.

2° el entendimiento del amor, no como idea abstracta, sino como obras concretas. Jesús nos habla claramente de obras concretas: dar de comer, vestir, visitar a los enfermos, entre otras.

3° el Amor a Dios a través de nuestras acciones con los demás, Viendo a Jesús en el otro. Si amo a Dios, no puedo dejar de amar a mi hermano.

Jesús se identifica con las personas en desventaja, los más necesitados, los que no tienen las mismas oportunidades que nosotros.

El acoger a los miembros más abandonados de la comunidad, a los despreciados, los que no tienen a dónde ir, los que no son bien recibidos, es reconocer a Jesús en el otro.

El servicio, nos permite ser personas con consciencia de paz y cumplir con la voluntad de Dios.

San Mateo nos dice 10:42: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.” De esta manera, en el Servicio cumplimos con lo que Dios quiere y le demostramos nuestro amor al ver a su hijo en el otro”.

El cristianismo no consiste sólo en rezos y posturas piadosas. Esto, indudablemente, tiene su valor y es un medio válido para vivir la fe, pero no es lo único, ni lo más esencial. Celebremos actuando, en el servicio como Jesús nos enseñó. Veamos a Jesús en el otro.

El verdadero amor a Dios se vive realmente en el prójimo. Jesús nos lo dice claramente “lo que hiciste a mis hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste”… esta fe brota naturalmente de Dios.


La medida será la fuerza con que nuestra fe nos impulsa a responder a la iniciativa de Dios, y que se verifica en la vida diaria, no con actitudes mágicas, supersticiosas, egoístas y cerradas al plan de Dios, se cualifica en tanto es capaz de ser eficaz y contundente ante las realidades humanas que requieren nuestro compromiso, se atribuye a Teresa de Calcuta una frase que puede ayudar a comprender el grado de nuestro termómetro: “Si tu no ardes de amor… muchos morirán de frío”.







lunes, 21 de noviembre de 2016

Carta Apostólica misericordia y paz

FRANCISCO
a cuantos leerán esta Carta Apostólica
misericordia y paz

Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8,1-11). No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia»[1]. Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.
1. Esta página del Evangelio puede ser asumida, con todo derecho, como imagen de lo que hemos celebrado en el Año Santo, un tiempo rico de misericordia, que pide ser siempre celebrada y vivida en nuestras comunidades. En efecto, la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.
Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo. En este relato evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido el deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno (cf. Jn8,9). Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (vv. 10-11). De este modo la ayuda a mirar el futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera.
2. Jesús lo había enseñado con claridad en otro momento cuando, invitado a comer por un fariseo, se le había acercado una mujer conocida por todos como pecadora (cf. Lc 7,36-50). Ella había ungido con perfume los pies de Jesús, los había bañado con sus lágrimas y secado con sus cabellos (cf. vv. 37-38). A la reacción escandalizada del fariseo, Jesús responde: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco» (v. 47).
El perdón es el signo más visible del amor del Padre, que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida. No existe página del Evangelio que pueda ser sustraída a este imperativo del amor que llega hasta el perdón. Incluso en el último momento de su vida terrena, mientras estaba siendo crucificado, Jesús tiene palabras de perdón: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella será siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicionado e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona.
La misericordia es esta acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida. Así se manifiesta su misterio divino. Dios es misericordioso (cf. Ex 34,6), su misericordia dura por siempre (cf. Sal 136), de generación en generación abraza a cada persona que se confía a él y la transforma, dándole su misma vida.
3. Cuánta alegría ha brotado en el corazón de estas dos mujeres, la adúltera y la pecadora. El perdón ha hecho que se sintieran al fin más libres y felices que nunca. Las lágrimas de vergüenza y de dolor se han transformado en la sonrisa de quien se sabe amado. La misericordia suscita alegría porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva. La alegría del perdón es difícil de expresar, pero se trasparenta en nosotros cada vez que la experimentamos. En su origen está el amor con el cual Dios viene a nuestro encuentro, rompiendo el círculo del egoísmo que nos envuelve, para hacernos también a nosotros instrumentos de misericordia.
Qué significativas son, también para nosotros, las antiguas palabras que guiaban a los primeros cristianos: «Revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y desprecia la tristeza [...] Vivirán en Dios cuantos alejen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría»[2]. Experimentar la misericordia produce alegría. No permitamos que las aflicciones y preocupaciones nos la quiten; que permanezca bien arraigada en nuestro corazón y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida cotidiana.
En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre ellas muchos jóvenes. En efecto, el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. De ahí surgen a menudo sentimientos de melancolía, tristeza y aburrimiento que lentamente pueden conducir a la desesperación. Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales. El vacío profundo de muchos puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella. Hay mucha necesidad de reconocer la alegría que se revela en el corazón que ha sido tocado por la misericordia. Hagamos nuestras, por tanto, las palabras del Apóstol: «Estad siempre alegres en el Señor» (Flp 4,4; cf. 1 Ts 5,16).
4. Hemos celebrado un Año intenso, en el que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. Y delante de esta mirada amorosa de Dios, que de manera tan prolongada se ha posado sobre cada uno de nosotros, no podemos permanecer indiferentes, porque ella cambia la vida.
Sentimos la necesidad, ante todo, de dar gracias al Señor y decirle: «Has sido bueno, Señor, con tu tierra […]. Has perdonado la culpa de tu pueblo» (Sal 85,2-3). Así es: Dios ha destruido nuestras culpas y ha arrojado nuestros pecados a lo hondo del mar (cf. Mi 7,19); no los recuerda más, se los ha echado a la espalda (cf. Is 38,17); como dista el oriente del ocaso, así aparta de nosotros nuestros pecados (cf. Sal 103,12).
En este Año Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercanía del Padre, que mediante la obra del Espíritu Santo le ha hecho más evidente el don y el mandato de Jesús sobre el perdón. Ha sido realmente una nueva visita del Señor en medio de nosotros. Hemos percibido cómo su soplo vital se difundía por la Iglesia y, una vez más, sus palabras han indicado la misión: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).
5. Ahora, concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina. Nuestras comunidades continuarán con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelización en la medida en que la «conversión pastoral», que estamos llamados a vivir[3], se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia. No limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.
En primer lugar estamos llamados a celebrar la misericordia. Cuánta riqueza contiene la oración de la Iglesia cuando invoca a Dios como Padre misericordioso. En la liturgia, la misericordia no sólo se evoca con frecuencia, sino que se recibe y se vive. Desde el inicio hasta el final de la celebración eucarística, la misericordia aparece varias veces en el diálogo entre la asamblea orante y el corazón del Padre, que se alegra cada vez que puede derramar su amor misericordioso. Después de la súplica de perdón inicial, con la invocación «Señor, ten piedad», somos inmediatamente confortados: «Dios omnipotente tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna». Con esta confianza la comunidad se reúne en la presencia del Señor, especialmente en el día santo de la resurrección. Muchas oraciones «colectas» se refieren al gran don de la misericordia. En el periodo de Cuaresma, por ejemplo, oramos diciendo: «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, qué aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados; mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas»[4]. Después nos sumergimos en la gran plegaria eucarística con el prefacio que proclama: «Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado»[5]. Además, la plegaria eucarística cuarta es un himno a la misericordia de Dios: «Compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca». «Ten misericordia de todos nosotros»[6], es la súplica apremiante que realiza el sacerdote, para implorar la participación en la vida eterna. Después del Padrenuestro, el sacerdote prolonga la plegaria invocando la paz y la liberación del pecado gracias a la «ayuda de su misericordia». Y antes del signo de la paz, que se da como expresión de fraternidad y de amor recíproco a la luz del perdón recibido, él ora de nuevo diciendo: «No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia»[7]. Mediante estas palabras, pedimos con humilde confianza el don de la unidad y de la paz para la santa Madre Iglesia. La celebración de la misericordia divina culmina en el Sacrificio eucarístico, memorial del misterio pascual de Cristo, del que brota la salvación para cada ser humano, para la historia y para el mundo entero. En resumen, cada momento de la celebración eucarística está referido a la misericordia de Dios.
En toda la vida sacramental la misericordia se nos da en abundancia. Es muy relevante el hecho de que la Iglesia haya querido mencionar explícitamente la misericordia en la fórmula de los dos sacramentos llamados «de sanación», es decir, la Reconciliacióny la Unción de los enfermos. La fórmula de la absolución dice: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz»[8]; y la de la Unción reza así: «Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo»[9]. Así, en la oración de la Iglesia la referencia a la misericordia, lejos de ser solamente parenética, es altamente performativa, es decir que, mientras la invocamos con fe, nos viene concedida; mientras la confesamos viva y real, nos transforma verdaderamente. Este es un aspecto fundamental de nuestra fe, que debemos conservar en toda su originalidad: antes que el pecado, tenemos la revelación del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro. Por tanto, abramos el corazón a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestro pecado.
6. En este contexto, la escucha de la Palabra de Dios asume también un significado particular. Cada domingo, la Palabra de Dios es proclamada en la comunidad cristiana para que el día del Señor se ilumine con la luz que proviene del misterio pascual[10]. En la celebración eucarística asistimos a un verdadero diálogo entre Dios y su pueblo. En la proclamación de las lecturas bíblicas, se recorre la historia de nuestra salvación como una incesante obra de misericordia que se nos anuncia. Dios sigue hablando hoy con nosotros como sus amigos, se «entretiene» con nosotros[11], para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía. Qué importante es la homilía, en la que «la verdad va de la mano de la belleza y del bien»[12], para que el corazón de los creyentes vibre ante la grandeza de la misericordia. Recomiendo mucho la preparación de la homilía y el cuidado de la predicación. Ella será tanto más fructuosa, cuanto más haya experimentado el sacerdote en sí mismo la bondad misericordiosa del Señor. Comunicar la certeza de que Dios nos ama no es un ejercicio retórico, sino condición de credibilidad del propio sacerdocio. Vivir la misericordia es el camino seguro para que ella llegue a ser verdadero anuncio de consolación y de conversión en la vida pastoral. La homilía, como también la catequesis, ha de estar siempre sostenida por este corazón palpitante de la vida cristiana.
7. La Biblia es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus páginas está impregnada del amor del Padre que desde la creación ha querido imprimir en el universo los signos de su amor. El Espíritu Santo, a través de las palabras de los profetas y de los escritos sapienciales, ha modelado la historia de Israel con el reconocimiento de la ternura y de la cercanía de Dios, a pesar de la infidelidad del pueblo. La vida de Jesús y su predicación marcan de manera decisiva la historia de la comunidad cristiana, que entiende la propia misión como respuesta al mandato de Cristo de ser instrumento permanente de su misericordia y de su perdón (cf. Jn 20,23). Por medio de la Sagrada Escritura, que se mantiene viva gracias a la fe de la Iglesia, el Señor continúa hablando a su Esposa y le indica los caminos a seguir, para que el Evangelio de la salvación llegue a todos. Deseo vivamente que la Palabra de Dios se celebre, se conozca y se difunda cada vez más, para que nos ayude a comprender mejor el misterio del amor que brota de esta fuente de misericordia. Lo recuerda claramente el Apóstol: «Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia» (2 Tm 3,16).
Sería oportuno que cada comunidad, en un domingo del Año litúrgico, renovase su compromiso en favor de la difusión, conocimiento y profundización de la Sagrada Escritura: un domingo dedicado enteramente a la Palabra de Dios para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo. Habría que enriquecer ese momento con iniciativas creativas, que animen a los creyentes a ser instrumentos vivos de la transmisión de la Palabra. Ciertamente, entre esas iniciativas tendrá que estar la difusión más amplia de la lectio divina, para que, a través de la lectura orante del texto sagrado, la vida espiritual se fortalezca y crezca. La lectio divina sobre los temas de la misericordia permitirá comprobar cuánta riqueza hay en el texto sagrado, que leído a la luz de la entera tradición espiritual de la Iglesia, desembocará necesariamente en gestos y obras concretas de caridad[13].
8. La celebración de la misericordia tiene lugar de modo especial en el Sacramento de la Reconciliación. Es el momento en el que sentimos el abrazo del Padre que sale a nuestro encuentro para restituirnos de nuevo la gracia de ser sus hijos. Somos pecadores y cargamos con el peso de la contradicción entre lo que queremos hacer y lo que, en cambio, hacemos (cf. Rm 7,14-21); la gracia, sin embargo, nos precede siempre y adopta el rostro de la misericordia que se realiza eficazmente con la reconciliación y el perdón. Dios hace que comprendamos su inmenso amor justamente ante nuestra condición de pecadores. La gracia es más fuerte y supera cualquier posible resistencia, porque el amor todo lo puede (cf. 1 Co 13,7).
En el Sacramento del Perdón, Dios muestra la vía de la conversión hacia él, y nos invita a experimentar de nuevo su cercanía. Es un perdón que se obtiene, ante todo, empezando por vivir la caridad. Lo recuerda también el apóstol Pedro cuando escribe que «el amor cubre la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Sólo Dios perdona los pecados, pero quiere que también nosotros estemos dispuestos a perdonar a los demás, como él perdona nuestras faltas: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12). Qué tristeza cada vez que nos quedamos encerrados en nosotros mismos, incapaces de perdonar. Triunfa el rencor, la rabia, la venganza; la vida se vuelve infeliz y se anula el alegre compromiso por la misericordia.
9. Una experiencia de gracia que la Iglesia ha vivido con mucho fruto a lo largo del Año jubilar ha sido ciertamente el servicio de los Misioneros de la Misericordia. Su acción pastoral ha querido evidenciar que Dios no pone ningún límite a cuantos lo buscan con corazón contrito, porque sale al encuentro de todos, como un Padre. He recibido muchos testimonios de alegría por el renovado encuentro con el Señor en el Sacramento de la Confesión. No perdamos la oportunidad de vivir también la fe como una experiencia de reconciliación. «Reconciliaos con Dios» (2 Co 5,20), esta es la invitación que el Apóstol dirige también hoy a cada creyente, para que descubra la potencia del amor que transforma en una «criatura nueva» (2 Co 5,17).
Doy las gracias a cada Misionero de la Misericordia por este inestimable servicio de hacer fructificar la gracia del perdón. Este ministerio extraordinario, sin embargo, no cesará con la clausura de la Puerta Santa. Deseo que se prolongue todavía, hasta nueva disposición, como signo concreto de que la gracia del Jubileo siga siendo viva y eficaz, a lo largo y ancho del mundo. Será tarea del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización acompañar durante este periodo a los Misioneros de la Misericordia, como expresión directa de mi solicitud y cercanía, y encontrar las formas más coherentes para el ejercicio de este precioso ministerio.
10. A los sacerdotes renuevo la invitación a prepararse con mucho esmero para el ministerio de la Confesión, que es una verdadera misión sacerdotal. Os agradezco de corazón vuestro servicio y os pido que seáis acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios. Así como Jesús ante la mujer adúltera optó por permanecer en silencio para salvarla de su condena a muerte, del mismo modo el sacerdote en el confesionario tenga también un corazón magnánimo, recordando que cada penitente lo remite a su propia condición personal: pecador, pero ministro de la misericordia.
11. Me gustaría que todos meditáramos las palabras del Apóstol, escritas hacia el final de su vida, en las que confiesa a Timoteo de haber sido el primero de los pecadores, «por esto precisamente se compadeció de mí» (1 Tm 1,16). Sus palabras tienen una fuerza arrebatadora para hacer que también nosotros reflexionemos sobre nuestra existencia y para que veamos cómo la misericordia de Dios actúa para cambiar, convertir y transformar nuestro corazón: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí» (1 Tm 1,12-13).
Por tanto, recordemos siempre con renovada pasión pastoral las palabras del Apóstol: «Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18). Con vistas a este ministerio, nosotros hemos sido los primeros en ser perdonados; hemos sido testigos en primera persona de la universalidad del perdón. No existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina. Hay un valor propedéutico en la ley (cf. Ga 3,24), cuyo fin es la caridad (cf. 1 Tm 1,5). El cristiano está llamado a vivir la novedad del Evangelio, «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8,2). Incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina.
Nosotros, confesores, somos testigos de tantas conversiones que suceden delante de nuestros ojos. Sentimos la responsabilidad de gestos y palabras que toquen lo más profundo del corazón del penitente, para que descubra la cercanía y ternura del Padre que perdona. No arruinemos esas ocasiones con comportamientos que contradigan la experiencia de la misericordia que se busca. Ayudemos, más bien, a iluminar el ámbito de la conciencia personal con el amor infinito de Dios (cf. 1 Jn 3,20).
El Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente se le impida acceder al amor del Padre, que espera su retorno, y a todos se les ofrezca la posibilidad de experimentar la fuerza liberadora del perdón.
Una ocasión propicia puede ser la celebración de la iniciativa 24 horas para el Señor en la proximidad del IV Domingo de Cuaresma, que ha encontrado un buen consenso en las diócesis y sigue siendo como una fuerte llamada pastoral para vivir intensamente el Sacramento de la Confesión.
12. En virtud de esta exigencia, para que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios, de ahora en adelante concedo a todos los sacerdotes, en razón de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto. Cuanto había concedido de modo limitado para el período jubilar[14], lo extiendo ahora en el tiempo, no obstante cualquier cosa en contrario. Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre. Por tanto, que cada sacerdote sea guía, apoyo y alivio a la hora de acompañar a los penitentes en este camino de reconciliación especial.
En el Año del Jubileo había concedido a los fieles, que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, la posibilidad de recibir válida y lícitamente la absolución sacramental de sus pecados[15]. Por el bien pastoral de estos fieles, y confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios, la plena comunión con la Iglesia Católica, establezco por decisión personal que esta facultad se extienda más allá del período jubilar, hasta nueva disposición, de modo que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia.
13. La misericordia tiene también el rostro de la consolación. «Consolad, consolad a mi pueblo» (Is 40,1)son las sentidas palabras que el profeta pronuncia también hoy, para que llegue una palabra de esperanza a cuantos sufren y padecen. No nos dejemos robar nunca la esperanza que proviene de la fe en el Señor resucitado. Es cierto, a menudo pasamos por duras pruebas, pero jamás debe decaer la certeza de que el Señor nos ama. Su misericordia se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción. Enjugar las lágrimas es una acción concreta que rompe el círculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados.
Todos tenemos necesidad de consuelo, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión. Cuánto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos y de la rabia. Cuánto sufrimiento provoca la experiencia de la traición, de la violencia y del abandono; cuánta amargura ante la muerte de los seres queridos. Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas. Una palabra que da ánimo, un abrazo que te hace sentir comprendido, una caricia que hace percibir el amor, una oración que permite ser más fuerte…, son todas expresiones de la cercanía de Dios a través del consuelo ofrecido por los hermanos.
A veces también el silencio es de gran ayuda; porque en algunos momentos no existen palabras para responder a los interrogantes del que sufre. La falta de palabras, sin embargo, se puede suplir por la compasión del que está presente y cercano, del que ama y tiende la mano. No es cierto que el silencio sea un acto de rendición, al contrario, es un momento de fuerza y de amor. El silencio también pertenece al lenguaje de la consolación, porque se transforma en una obra concreta de solidaridad y unión con el sufrimiento del hermano.
14. En un momento particular como el nuestro, caracterizado por la crisis de la familia, entre otras, es importante que llegue una palabra de gran consuelo a nuestras familias. El don del matrimonio es una gran vocación a la que, con la gracia de Cristo, hay que corresponder con al amor generoso, fiel y paciente. La belleza de la familia permanece inmutable, a pesar de numerosas sombras y propuestas alternativas: «El gozo del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia»[16]. El sendero de la vida lleva a que un hombre y una mujer se encuentren, se amen y se prometan fidelidad por siempre delante de Dios, a menudo se interrumpe por el sufrimiento, la traición y la soledad. La alegría de los padres por el don de los hijos no es inmune a las preocupaciones con respecto a su crecimiento y formación, y para que tengan un futuro digno de ser vivido con intensidad.
La gracia del Sacramento del Matrimonio no sólo fortalece a la familia para que sea un lugar privilegiado en el que se viva la misericordia, sino que compromete a la comunidad cristiana, y con ella a toda la acción pastoral, para que se resalte el gran valor propositivo de la familia. De todas formas, este Año jubilar nos ha de ayudar a reconocer la complejidad de la realidad familiar actual. La experiencia de la misericordia nos hace capaces de mirar todas las dificultades humanas con la actitud del amor de Dios, que no se cansa de acoger y acompañar[17].
No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios, participar activamente en la vida de la comunidad y ser admitido en ese Pueblo de Dios que, sin descanso, camina hacia la plenitud del reino de Dios, reino de justicia, de amor, de perdón y de misericordia.
15. El momento de la muerte reviste una importancia particular. La Iglesia siempre ha vivido este dramático tránsito a la luz de la resurrección de Jesucristo, que ha abierto el camino de la certeza en la vida futura. Tenemos un gran reto que afrontar, sobre todo en la cultura contemporánea que, a menudo, tiende a banalizar la muerte hasta el punto de esconderla o considerarla una simple ficción. La muerte en cambio se ha de afrontar y preparar como un paso doloroso e ineludible, pero lleno de sentido: como el acto de amor extremo hacia las personas que dejamos y hacia Dios, a cuyo encuentro nos dirigimos. En todas las religiones el momento de la muerte, así como el del nacimiento, está acompañado de una presencia religiosa. Nosotros vivimos la experiencia de las exequias como una plegaria llena de esperanza por el alma del difunto y como una ocasión para ofrecer consuelo a cuantos sufren por la ausencia de la persona amada.
Estoy convencido de la necesidad de que, en la acción pastoral animada por la fe viva, los signos litúrgicos y nuestras oraciones sean expresión de la misericordia del Señor. Es él mismo quien nos da palabras de esperanza, porque nada ni nadie podrán jamás separarnos de su amor (cf. Rm 8,35). La participación del sacerdote en este momento significa un acompañamiento importante, porque ayuda a sentir la cercanía de la comunidad cristiana en los momentos de debilidad, soledad, incertidumbre y llanto.
16. Termina el Jubileo y se cierra la Puerta Santa. Pero la puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta, de par en par. Hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros (cf. Os 11,4) para que también nosotros podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos. La nostalgia que muchos sienten de volver a la casa del Padre, que está esperando su regreso, está provocada también por el testimonio sincero y generoso que algunos dan de la ternura divina. La Puerta Santa que hemos atravesado en este Año jubilar nos ha situado en la vía de la caridad, que estamos llamados a recorrer cada día con fidelidad y alegría. El camino de la misericordia es el que nos hace encontrar a tantos hermanos y hermanas que tienden la mano esperando que alguien la aferre y poder así caminar juntos.
Querer acercarse a Jesús implica hacerse prójimo de los hermanos, porque nada es más agradable al Padre que un signo concreto de misericordia. Por su misma naturaleza, la misericordia se hace visible y tangible en una acción concreta y dinámica. Una vez que se la ha experimentado en su verdad, no se puede volver atrás: crece continuamente y transforma la vida. Es verdaderamente una nueva creación que obra un corazón nuevo, capaz de amar en plenitud, y purifica los ojos para que sepan ver las necesidades más ocultas. Qué verdaderas son las palabras con las que la Iglesia ora en la Vigilia Pascual, después de la lectura que narra la creación: «Oh Dios, que con acción maravillosa creaste al hombre y con mayor maravilla lo redimiste».[18]
La misericordia renueva y redime, porque es el encuentro de dos corazones: el de Dios, que sale al encuentro, y el del hombre. Mientras este se va encendiendo, aquel lo va sanando: el corazón de piedra es transformado en corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de amar a pesar de su pecado. Es aquí donde se descubre que es realmente una «nueva creatura» (cf. Ga 6,15): soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva; he sido «misericordiado», entonces me convierto en instrumento de misericordia.
17. Durante el Año Santo, especialmente en los «viernes de la misericordia», he podido darme cuenta de cuánto bien hay en el mundo. Con frecuencia no es conocido porque se realiza cotidianamente de manera discreta y silenciosa. Aunque no llega a ser noticia, existen sin embargo tantos signos concretos de bondad y ternura dirigidos a los más pequeños e indefensos, a los que están más solos y abandonados. Existen personas que encarnan realmente la caridad y que llevan continuamente la solidaridad a los más pobres e infelices. Agradezcamos al Señor el don valioso de estas personas que, ante la debilidad de la humanidad herida, son como una invitación para descubrir la alegría de hacerse prójimo. Con gratitud pienso en los numerosos voluntarios que con su entrega de cada día dedican su tiempo a mostrar la presencia y cercanía de Dios. Su servicio es una genuina obra de misericordia y hace que muchas personas se acerquen a la Iglesia.
18. Es el momento de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia. La Iglesia necesita anunciar hoy esos «muchos otros signos» que Jesús realizó y que «no están escritos» (Jn 20,30), de modo que sean expresión elocuente de la fecundidad del amor de Cristo y de la comunidad que vive de él. Han pasado más de dos mil años y, sin embargo, las obras de misericordia siguen haciendo visible la bondad de Dios.
Todavía hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed, y despiertan una gran preocupación las imágenes de niños que no tienen nada para comer. Grandes masas de personas siguen emigrando de un país a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz. La enfermedad, en sus múltiples formas, es una causa permanente de sufrimiento que reclama socorro, ayuda y consuelo. Las cárceles son lugares en los que, con frecuencia, las condiciones de vida inhumana causan sufrimientos, en ocasiones graves, que se añaden a las penas restrictivas. El analfabetismo está todavía muy extendido, impidiendo que niños y niñas se formen, exponiéndolos a nuevas formas de esclavitud. La cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la más grande de las pobrezas y el mayor obstáculo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana.
Con todo, las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas, llamados a construir con nosotros una «ciudad fiable».[19]
19. En este Año Santo se han realizado muchos signos concretos de misericordia. Comunidades, familias y personas creyentes han vuelto a descubrir la alegría de compartir y la belleza de la solidaridad. Y aun así, no basta. El mundo sigue generando nuevas formas de pobreza espiritual y material que atentan contra la dignidad de las personas. Por este motivo, la Iglesia debe estar siempre atenta y dispuesta a descubrir nuevas obras de misericordia y realizarlas con generosidad y entusiasmo.
Esforcémonos entonces en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia. Esta posee un dinamismo inclusivo mediante el cual se extiende en todas las direcciones, sin límites. En este sentido, estamos llamados a darle un rostro nuevo a las obras de misericordia que conocemos de siempre. En efecto, la misericordia se excede; siempre va más allá, es fecunda. Es como la levadura que hace fermentar la masa (cf. Mt 13,33) y como un granito de mostaza que se convierte en un árbol (cf. Lc 13,19).
Pensemos solamente, a modo de ejemplo, en la obra de misericordia corporal de vestir al desnudo (cf. Mt 25,36.38.43.44). Ella nos transporta a los orígenes, al jardín del Edén, cuando Adán y Eva se dieron cuenta de que estaban desnudos y, sintiendo que el Señor se acercaba, les dio vergüenza y se escondieron (cf. Gn 3,7-8). Sabemos que el Señor los castigó; sin embargo, él «hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió» (Gn 3,21). La vergüenza quedó superada y la dignidad fue restablecida.
Miremos fijamente también a Jesús en el Gólgota. El Hijo de Dios está desnudo en la cruz; su túnica ha sido echada a suerte por los soldados y está en sus manos (cf. Jn 19,23-24); él ya no tiene nada. En la cruz se revela de manera extrema la solidaridad de Jesús con todos los que han perdido la dignidad porque no cuentan con lo necesario. Si la Iglesia está llamada a ser la «túnica de Cristo»[20] para revestir a su Señor, del mismo modo ha de empeñarse en ser solidaria con aquellos que han sido despojados, para que recobren la dignidad que les han sido despojada. «Estuve desnudo y me vestisteis» (Mt 25,36) implica, por tanto, no mirar para otro lado ante las nuevas formas de pobreza y marginación que impiden a las personas vivir dignamente.
No tener trabajo y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condición social…: estas, y muchas otras, son situaciones que atentan contra la dignidad de la persona, frente a las cuales la acción misericordiosa de los cristianos responde ante todo con la vigilancia y la solidaridad. Cuántas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida más humana. Pensemos solamente en los niños y niñas que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegría de la vida. Sus rostros tristes y desorientados están impresos en mi mente; piden que les ayudemos a liberarse de las esclavitudes del mundo contemporáneo. Estos niños son los jóvenes del mañana; ¿cómo los estamos preparando para vivir con dignidad y responsabilidad? ¿Con qué esperanza pueden afrontar su presente y su futuro?
El carácter social de la misericordia obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta. Que el Espíritu Santo nos ayude a estar siempre dispuestos a contribuir de manera concreta y desinteresada, para que la justicia y una vida digna no sean sólo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios.
20. Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos. Las obras de misericordia son «artesanales»: ninguna de ellas es igual a otra; nuestras manos las pueden modelar de mil modos, y aunque sea único el Dios que las inspira y única la «materia» de la que están hechas, es decir la misericordia misma, cada una adquiere una forma diversa.
Las obras de misericordia tocan todos los aspectos de la vida de una persona. Podemos llevar a cabo una verdadera revolución cultural a partir de la simplicidad de esos gestos que saben tocar el cuerpo y el espíritu, es decir la vida de las personas. Es una tarea que la comunidad cristiana puede hacer suya, consciente de que la Palabra del Señor la llama siempre a salir de la indiferencia y del individualismo, en el que se corre el riesgo de caer para llevar una existencia cómoda y sin problemas. «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8), dice Jesús a sus discípulos. No hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que él se ha identificado con cada uno de ellos.
La cultura de la misericordia se va plasmando con la oración asidua, con la dócil apertura a la acción del Espíritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercanía concreta a los pobres. Es una invitación apremiante a tener claro dónde tenemos que comprometernos necesariamente. La tentación de quedarse en la «teoría sobre la misericordia» se supera en la medida que esta se convierte en vida cotidiana de participación y colaboración. Por otra parte, no deberíamos olvidar las palabras con las que el apóstol Pablo, narrando su encuentro con Pedro, Santiago y Juan, después de su conversión, se refiere a un aspecto esencial de su misión y de toda la vida cristiana: «Nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir» (Ga 2,10). No podemos olvidarnos de los pobres: es una invitación hoy más que nunca actual, que se impone en razón de su evidencia evangélica.
21. Que la experiencia del Jubileo grabe en nosotros las palabras del apóstol Pedro: «Los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión» (1 P 2,10). No guardemos sólo para nosotros cuanto hemos recibido; sepamos compartirlo con los hermanos que sufren, para que sean sostenidos por la fuerza de la misericordia del Padre. Que nuestras comunidades se abran hasta llegar a todos los que viven en su territorio, para que llegue a todos, a través del testimonio de los creyentes, la caricia de Dios.
Este es el tiempo de la misericordia. Cada día de nuestra vida está marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar. Es el tiempo de la misericordiapara todos y cada uno, para que nadie piense que está fuera de la cercanía de Dios y de la potencia de su ternura. Es el tiempo de la misericordia, para que los débiles e indefensos, los que están lejos y solos sientan la presencia de hermanos y hermanas que los sostienen en sus necesidades. Es el tiempo de la misericordia, para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida. Es el tiempo de la misericordia, para que cada pecador no deje de pedir perdón y de sentir la mano del Padre que acoge y abraza siempre.
A la luz del «Jubileo de las personas socialmente excluidas», mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada mundial de los pobres. Será la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia (cf. Mt 25,31-46). Será una Jornada que ayudará a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituirá también una genuina forma de nueva evangelización (cf. Mt 11,5), con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia.
22. Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotrosElla es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de noviembre, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del Año del Señor 2016, cuarto de pontificado.

FRANCISCO



[1] In Io. Ev. tract. 33,5.
[2] Pastor de Hermas, 42, 1-4.
[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium24 noviembre 2013, 27: AAS 105 (2013), 1031.
[4] Misal Romano, III Domingo de Cuaresma.
[5] Ibíd., Prefacio VII dominical del Tiempo Ordinario.
[6] Ibíd., Plegaria eucarística II.
[7] Ibíd., Rito de la comunión.
[8] Ritual de la Penitencia, n. 102.
[9] Ritual de la Unción y de la pastoral de enfermos, n. 143.
[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 106.
[11] Cf. Id. Const. dogm. Dei Verbum, 2.
[12] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 142: AAS 105 (2013), 1079.
[13] Cf. Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 30 septiembre 2010, 86-87: AAS 102 (2010), 757-760.
[14] Cf. Carta con la que se concede la indulgencia con ocasión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, 1 septiembre 2015: L’Osservatore Romano ed. Española, 4 de septiembre de 2015, 3-4
[15] Cf. ibíd.
[16] Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 19 marzo 2016, 1.
[17] Cf. ibíd., 291-300.
[18] Misal Romano, Vigilia Pascual, Oración después de la Primera Lectura.
[19] Carta. enc. Lumen fidei, 29 junio 2013, 50: AAS 105 (2013), 589.
[20] Cf. Cipriano, La unidad de la Iglesia católica, 7.

martes, 8 de septiembre de 2015

Texto completo MITIS iudex Dominus Iesus


CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE 'Motu Proprio'
DE PAPA FRANCIS
MITIS iudex Dominus Iesus
PROCESO DE REFORMA DE CANON causas de declaración de nulidad DEL MATRIMONIO
EN EL Código de Derecho Canónico


El Señor Jesús, el juez Clemente, Pastor de nuestras almas, encomendadas al apóstol Pedro ya sus sucesores el poder de las claves para llevar a cabo en la Iglesia la obra de la justicia y de la verdad; este poder supremo y universal de atar y desatar en la tierra, afirma, fortalece y reivindica la de los Pastores de las Iglesias particulares, en el sentido de que tienen el sagrado derecho y el deber ante el Señor para juzgar a sus súbditos. [1 ]
En el curso de los siglos, la Iglesia en materia matrimonial, adquiriendo una mejor apreciación de las palabras de Cristo, comprendió y explicó con más detalle la doctrina de la indisolubilidad del vínculo sagrado del matrimonio, ha desarrollado un sistema de nulidad del consentimiento matrimonial y regulado más apropiadamente el proceso judicial en el campo, por lo que la disciplina eclesiástica fue más consistente con la verdad de la fe profesada.
Todo lo que siempre se ha hecho teniendo como guía la ley suprema de la salvación de las almas, [2] ya que la Iglesia, como ha enseñado sabiamente Beato Pablo VI, es un plan divino de la Trinidad, a la que todas sus instituciones, aún perfectibles esforzarse por comunicar la gracia y el favor divino de forma continua, de acuerdo con los dones y la misión de cada uno, el bien de los fieles, como objetivo esencial de la Iglesia. [3]
Consciente de esto, me decidí a poner la mano en el proceso de reforma de la nulidad del matrimonio, y para ello he nombrado a un grupo de personas eminentes a la doctrina jurídica, la prudencia pastoral y experiencia del tribunal que, bajo la guía de la más excelente decano de la Rota Romana , abbozzassero un proyecto de reforma, en todo caso, el principio de la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Trabajando duro, este Coetus ha elaborado un proyecto de reforma, que, sometido a la consideración reflexiva, con la ayuda de otros expertos, ahora se inculcó en este Motu Proprio.
Por tanto, es la preocupación de la salvación de las almas, que - hoy como ayer - sigue siendo el objetivo supremo de las instituciones, las leyes, el derecho, para empujar el Obispo de Roma para ofrecer obispos este documento de reforma, ya que comparten con él la Para la Iglesia, que es la protección de la unidad en la fe y la disciplina con respecto al matrimonio, la bisagra y el origen de la familia cristiana. Alimenta la presión para reformar el gran número de fieles que, al tiempo que desee prestar su propia conciencia, son demasiado a menudo desviada de las estructuras jurídicas de la Iglesia a causa de la distancia o entidad;Por lo tanto, la caridad y la misericordia requieren que la misma Iglesia como madre se acerca más a los niños que se consideran por separado.
En este sentido, incluso fueron los votos de la mayoría de mis hermanos obispos, reunidos en Sínodo Extraordinario reciente, que llamó procesos más rápido y más accesible. [4] En total armonía con esos deseos, me decidí a dar a este Motu Proprio disposiciones por lo que no es propicio para la nulidad de los matrimonios, pero la velocidad del proceso, no menos que una simplicidad solo, por lo que, a causa de la decisión definitiva retraso, el corazón de la aclaración a la espera de los fieles de su estado no oprimidos larga de las tinieblas de la duda.
Lo hice, sin embargo, siguiendo las huellas de mis predecesores, que querían las causas de nulidad de matrimonio se tratan a través judicial y no administrativa, no porque se lo exija la naturaleza de la cosa, pero requiere de la necesidad de proteger al máximo la verdad del vínculo sagrado: y esto se asegura exactamente por las garantías de la orden judicial.
Ha habido algunos criterios fundamentales que guiaron el trabajo de reforma.
I. - Un solo fallo a favor del ejecutivo nulidad. - Parecía apropiado, en primer lugar, que ya no se requiere una decisión doble conformación a favor de la nulidad del matrimonio, por lo que el partido puede tener derecho a un nuevo matrimonio canónico, pero es suficiente certeza moral alcanzado por el primer tribunal de conformidad con la ley.
II. - El juez único bajo la responsabilidad del obispo. - La creación del juez único, sin embargo clérigo, en el primer caso, se someterá a la responsabilidad del obispo, que en el ejercicio de su ministerio el poder judicial se asegurará de que usted no disfrutar de cualquier laxitud.
III. - El Obispo mismo es juez. - Para ser finalmente a la práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II en un área de gran importancia, se decidió dejar en claro que el propio obispo en su Iglesia, de la que se compone pastor y cabeza, Está por lo tanto juzgar entre los fieles a él confiada. Se espera que, en grandes como en pequeñas diócesis el Obispo ofrece un signo de laconversión de las estructuras eclesiásticas, [5] y no dejar totalmente delegado a las oficinas de la curia de la función judicial en materia matrimonial. Esto se aplica especialmente en el proceso más corto, que se establece para resolver los casos de nulidad más obvia.
IV. - El proceso más corto. - De hecho, además de hacer el proceso de la cama más ágil, se ha elaborado una forma de proceso más corto - además del documento como actualmente en vigor -, que se aplicará en los casos en que la nulidad del matrimonio acusados Se apoya en argumentos particularmente evidentes.
No obstante se escapó como un procedimiento abreviado puede poner en peligro el principio de la indisolubilidad del matrimonio;precisamente por eso que quería ser juez en el proceso el propio obispo, que en virtud de su oficio pastoral es Pedro con el mayor garante de la unidad católica de la fe y la disciplina.
V - La apelación a la Metropolitana. - Es conveniente que se restaura la apelación a la oficina internacional de la Metropolitana, ya que esta oficina del jefe de la provincia eclesiástica, estable a lo largo de los siglos, es un sello distintivo de la colegialidad en la Iglesia.
VI. - La tarea adecuada de las Conferencias Episcopales. - Las Conferencias Episcopales, que deben ser especialmente impulsados ​​por apostólica ansiedad alcanzan los fieles dispersos, advierten fuertemente el deber de compartir la mencionada conversión, y absolutamente respetan el derecho de los obispos de organizar el poder judicial en su Iglesia particular.
Restauración de la cercanía entre el tribunal y los fieles, de hecho, no va a tener éxito si la Conferencia no será el estímulo a los obispos individuales y juntos ayudar a poner en práctica la reforma de la cama.
Junto con la proximidad del juez en lo posible mirada después de las Conferencias Episcopales, guarda los trabajadores justas y decentes salariales de los tribunales, que los procedimientos de gratuidad que aseguran, porque la Iglesia, mostrando la madre generosa fieles, en una cuestión tan estrechamente vinculados a salvación de las almas manifiesta el amor gratuito de Cristo por el cual fuimos salvados.
VII. - El recurso a la Sede Apostólica. - Sin embargo, debe ser retenido recurso ante el Tribunal Ordinario de la Sede Apostólica, es decir la Rota Romana, por razón de un principio jurídico antiguo, fortalecerse para que la unión entre la Sede de Pedro y la Iglesias, cuidando sin embargo, en la disciplina de este llamado, para limitar los abusos de la ley, ya que no tienen que dar para recibir la salvación de las almas.
El derecho propio de la Rota Romana pronto adaptado a las reglas del proceso de reforma, en donde existe la necesidad.
VIII. - Previsión para las Iglesias Orientales. - Teniendo en cuenta, por último, la ley de la Iglesia particular y la disciplina de las Iglesias Orientales, me decidí a publicar por separado, en la misma fecha, las reglas para la disciplina proceso de reforma de matrimonio en el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales .
Todo considerado correctamente, que el decreto y statuisco Libro VII del Código de Derecho Canónico, Parte III, Título I, Capítulo I de las causas de la declaración de nulidad del matrimonio (can. 1671 hasta 1.691 mil), de 08 de diciembre 2015 sean plenamente sustituida de la siguiente manera:
Art. 1 - La jurisdicción y tribunales
Can. 1 mil seiscientos setenta y una § 1. Las causas matrimoniales de los bautizados en su propio derecho pertenece al juez eclesiástico.
§ 2. Los asuntos relativos a los efectos meramente civiles del matrimonio pertenecen al magistrado civil, a no ser que el derecho particular establezca que tales casos si son una incidental o accesorio, puede ser escuchado y decidido por el juez eclesiástico.
Can. 1672. En las causas de nulidad de matrimonio que no estén reservadas a la Sede Apostólica, son competentes: 1 ° el tribunal del lugar donde se celebró el matrimonio; 2 ° el tribunal del lugar en el que una o ambas partes tienen un domicilio o cuasidomicilio; 3 ° el tribunal del lugar en el que de hecho se debe recolectar la mayor parte de las pruebas.
Can. 1673 § 1. En cada diócesis el juez de primera instancia de las causas de nulidad de matrimonio, para los que el derecho no es una excepción expresa, es el obispo diocesano, quien puede ejercer funciones judiciales, personalmente oa través de otras personas, de acuerdo con ley.
§ 2. El Obispo de su diócesis constituye el tribunal diocesano para la causa de nulidad del matrimonio, podrán optar por el mismo obispo para acceder a otra diócesis viciniore o tribunal interdiocesano.
§ 3. Las causas de nulidad de matrimonio se reservan a un panel de tres jueces. Cabe presidida por un clérigo juez, los jueces restantes también pueden ser laica.
§ 4. El Obispo Moderador, si puede ser el tribunal colegial en la diócesis o en el patio cercano que ha sido adoptada de conformidad con el § 2, Entrust hace que un solo juez administrativo que, en lo posible, se unen dos asesores de vida refleja, expertos en ciencias o humana legales, aprobados por el obispo para esta tarea; el mismo juez único competir a menos que sea de otro modo, las funciones asignadas a la universidad, el decano o el oeste.
§ 5. El tribunal de segunda instancia a la validez siempre debe ser colectiva, de conformidad con el § 3 anterior.
§ 6. De las apelaciones de tribunales de distrito a la corte metropolitana de segunda instancia, sin perjuicio de los cc. 1438-1439 y 1444.
Art. 2 - El derecho a impugnar el matrimonio
Can. 1674 § 1. Se capacidad para impugnar el matrimonio: 1 ° los cónyuges; 2 ° el promotor de justicia, cuando la nulidad ya ha sido puesto en libertad, aunque no podemos validar el matrimonio o no es apropiado.
§ 2. El matrimonio, viviendo ambos cónyuges, no fue acusado, no puede ser después de la muerte de ambos o uno de ellos, a menos que la cuestión de la validez no afecta a la solución de la disputa está en otro agujero Canon es en el foro civil.
§ 3. Pero si el cónyuge muere durante el proceso, tenga en cuenta la lata. 1518.
Art. 3 - La introducción y el examen del caso
Can. 1675. El juez, antes de aceptar un caso, hay que asegurarse de que el matrimonio está irremediablemente fracasó, por lo que es imposible para restablecer la convivencia conyugal.
Can. 1676 § 1. Después de recibir la petición, el vicario judicial, si considera que goza de cierta base, admitirlo y, por un decreto anexa a la parte inferior en el mismo folleto, los pedidos que se sirve una copia en el defensor del vínculo y, si la petición no tiene Ha sido firmado por ambas partes, al demandado, dándole un plazo de quince días para expresar sus puntos de vista sobre la cuestión.
§ 2. Después de dicho periodo, hasta que se ha advertido, si y cuando lo considere apropiado, la otra parte para expresar su posición, el vicario judicial mediante decreto determina la fórmula de la duda y establecer si el caso debe ser con el proceso ordinario o el proceso más corto de acuerdo con los cc. 1683-1687. Este decreto se notificará inmediatamente a las partes y al defensor del vínculo.
§ 3. Si el asunto debe dirimirse con el proceso ordinario, el vicario judicial, con el mismo decreto, dispone el establecimiento del panel de jueces o de un solo juez con dos evaluadores de acuerdo con el can. 1673 § 4.
§ 4. Si el proceso está dispuesto más corto, el vicario judicial proceda de conformidad con el can. 1.685.
§ 5. La fórmula de la duda debe determinar por el cual suelo o para esos líderes se impugnó la validez del matrimonio.
Can. 1677 § 1. El defensor del vínculo, los patronos de las partes y, si intervienen en el procedimiento, también el promotor de justicia, tienen derecho: 1 ° de estar presente en el examen de las partes, los testigos y los expertos, sin perjuicio Can. 1559; 2 ° a inspeccionar los actos judiciales, a pesar de que aún no publicado, y para inspeccionar los documentos presentados por las partes.
§ 2. Las partes no pueden asistir al examen mencionado en el § 1, 1.
Can. 1678 § 1. En las causas de nulidad de matrimonio, confesión judicial y las declaraciones de las partes, con el apoyo de todos los textos de la credibilidad de la misma, puede tener valor de prueba plena, para ser evaluado por el juez consideró todas las pruebas y amminicoli, si no hay otros elementos que refutan.
§ 2. En los mismos casos, el testimonio de un testigo puede hacer plena fe, si se trata de un testigo cualificado que deponga sobre lo realizado de oficio, o las circunstancias de los hechos y de las personas sugieren.
§ 3. En las causas relativas a la impotencia o falta de consentimiento por enfermedad o anormalidad de la naturaleza psicológica mental, el tribunal hace uso de la obra de uno o más expertos, si las circunstancias no aparecen obviamente inútil; en otros casos lo que prescribe el can. 1,574.
§ 4. Siempre En la instrucción de la causa se ​​había levantado una duda muy probable que el matrimonio no se consumó, el ​​tribunal, previa audiencia de las partes, suspender la causa de nulidad, complete la investigación en vista de la dispensa del matrimonio rato y, finalmente, remitir el asunto a la Sede Apostólica junto con la solicitud de dispensa de uno o ambos cónyuges y el voto del tribunal y del obispo.
Art. 4 - El juicio, sus recursos y su ejecución
Can. 1679. La frase que primero declaró la nulidad del matrimonio, vencimiento de los plazos establecidos en los cc. 1630-1633, se convierte en exigible.
Can. 1680 § 1. En la parte, que considera a sí mismo agraviado, y también el promotor de justicia y el defensor del vínculo, es el derecho de introducir una demanda de nulidad de la sentencia o de apelación contra la sentencia, de conformidad con los cc.1619-40.
§ 2. Después de los plazos establecidos por la ley para la apelación y su continuación, después de que el tribunal de instancia superior ha recibido documentos de la corte, que constituye la junta de jueces, que designa el defensor del vínculo y las partes están en la amonita presentar observaciones en un plazo determinado; después de este período, el tribunal miembro, si el recurso es manifiestamente dilatoria, un decreto confirmando la sentencia de primera instancia.
§ 3. Si se admite el recurso de casación, debe proceder de la misma manera que en el primer caso, con las adaptaciones adecuadas.
§ 4. Si el nivel de apelación introduce un nuevo motivo de nulidad del matrimonio, el tribunal puede admitirlo y juzgar como si estuviera en la primera instancia.
Can. 1681. Si se ha emitido una sentencia ejecutoria, que puede ser utilizado en cualquier momento para la corte del tercer grado para la nueva presentación del caso de acuerdo con el can. 1644, elevando pruebas o argumentos nuevos y graves en el plazo de treinta días a partir de la presentación de la apelación.
Can. 1682 § 1. Después de la sentencia que declaró la nulidad del matrimonio ha adquirido fuerza ejecutiva, las partes cuyo matrimonio fue declarado nulo pueden contraer un nuevo matrimonio, a menos que se prohíbe la prohibición unido a la oración o establecido por del lugar.
§ 2. En cuanto la sentencia ha adquirido fuerza ejecutiva, el vicario judicial debe notificar al Ordinario del lugar donde se celebró el matrimonio. Estos luego tienen que asegurarse de que tan pronto como se hace mención en los registros de matrimonio y de bautismo de la nulidad del matrimonio decretado y prohibiciones establecido.
Art. 5 - El doble proceso más corto antes del Obispo
Can. 1683. Al mismo Obispo diocesano es responsable de juzgar las causas de nulidad de matrimonio con el proceso más corto cuando:
1 ° la solicitud es hecha por ambos cónyuges o por uno de ellos, con el consentimiento de la otra;
Segundo recurso a los hechos y circunstancias de las personas, apoyadas por testimonios o documentos, que no requieren de una investigación o la educación más completa, y que hacen manifiesta la nulidad.
Can. 1684. El panfleto con el que se introduce el proceso más corto, además de los temas que figuran en el can. 1504 debe: 1 ° expuesto brevemente, completa y clara los hechos en que se basa la reclamación; 2 ° indican las pruebas, que pueden ser recogidos de inmediato por el tribunal; Tercera exposición de documentos en los que se basa la solicitud adjunta.
Can. 1685. El vicario judicial, el mismo decreto que determina la fórmula de la duda nombrar al instructor y el comisario y el presupuesto para el período de sesiones, que se celebrará de conformidad con el can. 1.686, a más tardar treinta días, todo el mundo debe participar.
Can. 1686. El instructor, en la medida de lo posible, recoger las pruebas en una sola sesión y se fija el plazo de quince días para presentar sus comentarios a favor de la unión y las defensas, si los hubiere.
Can. 1687 § 1. actos recibidos, el obispo diocesano, consultar con el instructor y el evaluador, examinadas las observaciones del defensor del vínculo y, si existen, las partes fueron oídas, si llega a la certeza moral sobre la nulidad del matrimonio, emana de la sentencia. De lo contrario, se refiere al caso de nuevo al proceso ordinario.
§ 2. El texto de la sentencia, con el argumento se deberá comunicar lo antes posible a las partes.
§ 3. Contra la sentencia dictada por el obispo da apelación a la Metropolitana o la Rota Romana; si la resolución fue emitida por el Metropolitano, da apelación a la sufragánea de alto nivel; y contra la sentencia de otro obispo que no tiene una autoridad superior bajo el Romano Pontífice, da apelar al obispo de ella designada de forma permanente.
§ 4. Si la apelación evidentemente aparece meramente dilatoria, o el Obispo Metropolitano de § 3, o el decano de la Rota Romana, los descartes en limine por decreto; pero si se permite la apelación, se refiere el caso al examen ordinario de segundo grado.
Art. 6 - El proceso documental
Can. 1688. Tras la recepción de la solicitud presentada de conformidad con el can. En 1676, el obispo diocesano o el vicario judicial o el juez designado, omitir los trámites del proceso ordinario, sin embargo, citaron a las partes y con la intervención del defensor del vínculo, puede declarar la nulidad del matrimonio por el juicio, si un documento que no es así está sujeto a la contradicción o excepción, se establece con certeza la existencia de un impedimento o anular el defecto de forma legítima, siempre queda claro con la misma certeza de que no se le concedió la dispensa, o la falta de un mandato válido termina del fiscal .
Can. 1.689 § 1. Contra esta declaración del defensor del vínculo considera prudentemente que no hay certeza de los defectos mencionados en el can. 1688 o la falta de dispensación, debe apelar al tribunal de segunda instancia, que han de ser actos advirtiéndole por escrito que se trata de un proceso documental transmitido.
§ 2. La parte que se considere perjudicada conserva el derecho de apelar.
. Puede 1690 El juez de segunda instancia, con la intervención del defensor del vínculo y habiendo oído a las partes, decidirá de la misma manera como se ha mencionado en el can. 1688 si la sentencia debe ser confirmada o si se debe proceder de acuerdo a la ley ordinaria; en cuyo caso las referencias a la corte de distrito.
Art. 7 - general
Can. 1691 § 1. La sentencia será recordar a las partes sobre las obligaciones morales o incluso civiles, que pueden estar vinculados uno hacia el otro y hacia su descendencia, en cuanto a la conservación y la educación.
§ 2. Las razones de la declaración de nulidad del matrimonio no pueden ser tratados con el proceso contencioso oral se menciona en los cc. 1656-1670.
§ 3. En todas las otras cosas que se relacionan con el procedimiento, se debe aplicar, a menos que la naturaleza de lo que se opone, los cánones sobre los juicios en general y sobre el juicio contencioso ordinario, las normas especiales para los casos relativos a la situación de la personas y casos relativos al bien público.
* * *
La provisión de lata. 1679 se aplicará a sentencias declarativas de nulidad del matrimonio publicada desde el día en que este Motu Proprio en vigor.
En este documento se fusionan con las normas de procedimiento, que yo consideraba necesaria para la aplicación adecuada y precisa de la ley renovada, para ser observado diligentemente para proteger el bien de los fieles.
¿Qué era yo establecí con este motu proprio, ordeno que ser válida y eficaz, no obstante cualquier disposición en contrario, aunque digno de mención especial.
Yo confianza encomiendo a la intercesión de la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen María, Madre de la misericordia, y de los santos apóstoles Pedro y Pablo, la implementación activa de nuevo proceso matrimonial.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de agosto, Asunción de la Bienaventurada Virgen María del año 2015, el tercero de mi Pontificado.
Francis


Normas de procedimiento para tratar los casos de nulidad matrimonial
La III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrado en octubre de 2014, señaló la dificultad de los fieles de la Iglesia para llegar a los tribunales. Como obispo, como el Buen Pastor, está obligado a cumplir con sus fieles que necesitan atención pastoral especial, así como las normas detalladas para la aplicación del proceso matrimonial, parecía apropiado, dada por algunos de Sucesor de colaboración Pedro y los obispos en la difusión del conocimiento de la ley, proporcionan algunas herramientas para el trabajo de los tribunales puede satisfacer las necesidades de los fieles, que requieren evaluación de la verdad sobre la existencia o no de su vínculo matrimonio fracasado.
Art. 1. El Obispo bajo la lata. 383 § 1 está obligado a seguir con el espíritu apostólico divorciado o separado parejas, que sus condiciones de vida pueden haber abandonado la práctica religiosa. Luego comparte con los párrocos (cf .. Can. 529 § 1) el cuidado pastoral de estos fieles en dificultad.
2. Art. La investigación preliminar o pastoral, que incluye instalaciones en la parroquia o la diócesis fieles separados o divorciados que dudan de la validez de su matrimonio o están convencidos de la nulidad de la misma, se orienta a conocer su estado y reunir elementos útiles para cualquier celebración del proceso judicial, ordinaria o más corto. Esa investigación se llevará a cabo como parte de la unidad de un dormitorio pastoral diocesano.
Art. 3. La misma encuesta se le dará a la gente considera adecuada por el Ordinario del lugar, con habilidades aunque no exclusivamente jurídico-canónicos. Entre ellos se encuentran principalmente el párroco adecuada o el que prepara a la pareja a la celebración de la boda. Esta tarea de asesoramiento se puede dar a otros clérigos, consagrados o laicos aprobado por el local.
La diócesis, la diócesis o más juntos, de acuerdo con los grupos actuales puede formar una estructura estable a través del cual ofrecen este servicio y elaborar, en su caso, un manual que establece los elementos esenciales para la investigación más adecuada.
Art. 4. La encuesta recoge elementos pastorales útiles para la eventual introducción de la causa de los cónyuges o de su patrón ante el tribunal competente. Una investigación si las partes han acordado pedir la nulidad.
Art. 5. recogido todos los elementos, la encuesta concluye con la petición que se presentará, en su caso, al tribunal competente.
Art. 6. Dado que el código de derecho canónico se debe aplicar en todos los aspectos, perjuicio de las normas especiales, también procesa doble, en la mente de lata. 1691 § 3, estas normas no tienen la intención de exponer en detalle el conjunto de todo el proceso, sino también para aclarar los cambios legislativos clave y, en su caso, los incorporan.
Título I - La jurisdicción y tribunales
Art. 7 § 1. Los títulos de competencia mencionados en el can. 1672 son equivalentes, salvaguardado en la medida de lo posible, el principio de proximidad entre el tribunal y las partes.
§ 2. A través de la cooperación entre los órganos jurisdiccionales, a continuación, en la mente de lata. 1418, asegúrese de que todos, o las cabezas, pueden participar en el proceso con el menor gasto.
Art. 8 § 1. En las diócesis que no cuentan con su propio tribunal, el obispo se preocupa para formar lo antes posible, incluso a través de cursos de educación continua y continua, promovido por la diócesis o sus agrupaciones y por la Sede Apostólica en un propósito común, la gente que pueden ofrecer sus servicios en el tribunal para los casos de matrimonio que se establezcan.
§ 2. El Obispo podrá resolver el tribunal interdiocesano constituido de conformidad con el can. 1.423.
Título II - El derecho a impugnar el matrimonio
Art. 9. Si un cónyuge muere durante el proceso, antes de que concluya el caso, la instancia se suspende hasta que el otro cónyuge o de otros interesados ​​para llamadas continuo; en este caso, tienes que probar el interés legítimo.
Título III - La introducción y el examen del caso
Art. 10. El tribunal puede admitir la petición por vía oral cada vez que se evita la parte que presente la petición, sin embargo, ordena el notario para redactar el acto por escrito para ser leído y aprobado por el partido, y que toma el lugar del pequeño libro escrito sobre el lado de la ley en vigor.
Art. 11 § 1. La petición se presentó en el tribunal interdiocesano o tribunal que ha sido elegido de acuerdo con el can. 1673 § 2.
§ 2. Se considera que se opone a la solicitud de que el acusado dejó el asunto a la corte o la justicia, debidamente citado por segunda vez, no tiene respuesta.
Título IV - El juicio, sus recursos y su ejecución
Art. 12. Con el fin de tener la certeza moral necesaria por la ley, y no simplemente una preponderancia de la evidencia y pistas, pero se requiere que cualquier prudente positiva duda todo excepto error de derecho y de hecho, aunque no se excluye la mera posibilidad de que el contrario.
Art. 13. Si una parte ha declarado a negarse a recibir cualquier información acerca de la causa, se considerará que ha renunciado a obtener una copia de la sentencia. En este caso, puede ser servido en la única parte de la sentencia.
Título V - El doble proceso más corto antes del Obispo
Art. 14 § 1. Las circunstancias que pueden permitir el manejo del caso de nulidad del matrimonio por medio del proceso más corto de acuerdo con los cc. 1683-1687, por ejemplo, son: la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad, la brevedad de la vida matrimonial, procuró aborto para impedir la procreación, la persistencia obstinada en un relación extramatrimonial en el momento de la boda o en un momento inmediatamente posterior, la ocultación maliciosa de infertilidad o una enfermedad grave o contagiosa de los niños nacidos de una relación o encarcelamiento anterior, la causa del matrimonio completamente ajeno a la vida matrimonial o sustancial el embarazo no planificado de la mujer, la violencia física infligida para extorsionar el consentimiento, la falta de uso de la razón probado por los documentos médicos, etc.
§ 2. Entre los documentos justificativos de la aplicación son todos los documentos médicos que pueden hacer que sea necesario adquirir una oficina especialización.
Art. 15. Si la petición fue presentada en introducir un juicio ordinario, pero el vicario judicial considera que la causa puede ser tratada con el proceso más corto, que, al notificar la petición conforme a la norma. 1676 § 1, llama a la parte que no ha suscrito a informar al tribunal si tiene intención de unirse a la solicitud presentada y participar en el proceso. Él, siempre que sea necesario, invitar a la parte o partes que han firmado la petición de integrar lo antes posible, de conformidad con el can. 1.684.
Art. 16. El vicario judicial puede nombrar a sí mismo como un instructor; Sin embargo, en la medida de lo posible nombrar a un instructor de la diócesis de origen de la causa.
Art. 17. En la emisión de la convocatoria, de acuerdo con el can. 1685, las partes se les informa que, si estuvieran conectados a la petición, pueden, al menos tres días antes de la investigación de sesiones, enviar artículos de los temas sobre los que el interrogatorio de las partes o de los textos.
Art. 18. § 1. Las partes y sus abogados podrán asistir a un examen de las otras partes y textos a menos que el instructor considera, en las circunstancias de las cosas y las personas, que debemos proceder de otra manera.
§ 2. Las respuestas de las partes y de los testigos que deben ser hechas por escrito por el notario, pero brevemente y sólo en lo que se refiere a la cuestión del matrimonio.
Art. 19. Si la causa se ​​instruye a un tribunal interdiocesano, el obispo que debe pronunciar el juicio es el del lugar en las que se instaló en la mente de lata. 1672. Si tenemos más de uno, que se observa en la medida de lo posible, el principio de proximidad entre las partes y el juez.
Art. 20 § 1. El Obispo Diocesano determina de acuerdo a su cuidado la forma en que pronuncian la sentencia.
§ 2. La sentencia, sin embargo, firmada por el obispo, junto con el notario, que establece en un corto y ordenado los motivos de la decisión y de ordinario ser notificado a las partes en el plazo de un mes desde el día de la decisión.
Título VI - El proceso documental
Art. 21. El Obispo diocesano y el Vicario Judicial competente se determina de acuerdo con el can. 1672.


[1] Cfr Concilio Vaticano II, Const. Constitución Dogmática. Lumen Gentium, n. 27.
[2] Cfr CIC, can. 1.752.
[3] Cfr Pablo VI, Discurso a los participantes de la II Internacional convienen en Derecho Canónico, 17 de Septiembre de 1973.
[4] Cfr Relatio Synodi,. N 48.
[5] Cfr Francis, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 27, en AAS 105 (2013), p. 1,031 mil.

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